miércoles, 7 de octubre de 2015

EL MAR EN DENIA



 


   Costeando hacia el Sur desde Valencia hace unos 15 años, amarré en Denia. Dando una vuelta mientras curioseaba los barcos vecinos, ví un velero; atípico, de no mucho más de 20 pies de eslora, el "Capitán Humbert". Era quizás el que más sabor a mar tenía de todo el Raset.

    A la mañana siguiente compré la prensa y encontré esta crónica sobre las aguas de Denia. Era el relato de una singladura abordo del C.Humbert.

    (Guardo el original ya amarillento en la mesa de cartas).



    UNA NAVEGACIÓN

   de MANUEL VICENT    (el autor navega todos los años, desde niño, por las aguas del Mediterráneo) 


     

    Éste es un viaje desde Denia a Borneo y desde la isla de Borneo hasta la cala Sardinera, realizado mentalmente en escasas horas de travesía. Toda navegación es un periplo de crecimiento interior. Durante esta travesía, el lector puede recalar en cualquier bahía de los mares que desee.
    

    Un día de navegación debe empezar con una visita al mercado para comprar el avío. Se supone que a primera hora de la mañana el mercado tiene el suelo recién lavado y está lleno de verduleras sonrosadas, oloroso de salazones, con varios fuegos de pimientos rojos y tomates. Hay víveres que ligan muy bien con el mar. Mojamas y huevas de atún, pulpo curado, aceitunas amargas, cañas de jamón, embutidos, pan crujiente y frutos secos. Puesto que hoy se trata de hacer una singladura sólo mental o literaria, la bebida debe ser de bucanero, preferentemente ron jamaicano o cualquier alcohol que posea un fondo de brea. En esta navegación están prohibidos los melones y sandías, las viandas demasiado aceitosas, las latas que al abrirse las pueda derramar un pantocazo. La austeridad es la ley.

    Por otra parte, hasta el más tonto de los invitados a bordo, si es hombre, debe saber que en el barco se mea a sotavento.

    Lo elegante en el mar consiste en ser sumamente precavido. Las desgracias no suceden cuando uno se dispone a navegar hasta la isla de Borneo, sino en cualquier excursión de domingo a la cala Sardinera. Aunque uno trate de asomarse solamente a la bocana del puerto, debe estar preparado para enfrentarse al infinito. Esto significa que si zarpas bajo el sol de mediodía tienes que llevar linterna. De la navegación sacaron los griegos el principio general de su filosofía: el hombre como individuo. El mar es lo confuso. Frente a ese poder irracional, el navegante debe estar siempre alerta, en estado de tensión, con la conciencia de sus fuerzas que son los límites exactos de la persona. Si en el mar te fundes filosóficamente con la naturaleza, te ahogas; si sueñas, no llegas. El panteísmo es cosa de tierra. Dicho esto se supone que el barco está arranchado con ron y salazones, que sabes dónde se halla hasta el último mosquetón o grillete y que los tienes en tanta consideración como las potencias de tu alma. En el mar no te salva Dios, sino la estrella polar, una brújula y una llave inglesa. 

   Se llama singladura a la distancia recorrida en un día. Como se trata de una travesía mental, hay que imaginar que en la festividad de los santos Abdón y Senent, abogados contra el pedrisco, zarpamos del puerto de Denia (Alicante), rumbo a los mares de Borneo, en el barco Capitán Humbert, un velero de aspecto malayo con génova color tabaco, trinqueta blanca, la mayor con dos bandas de rizos, foque de algodón y tormentín. Apenas doblada la escollera y ante el mar abierto comienza la primera clase de filosofía: una bandada de pájaros que viene de norte en vuelo a flor de agua indica que puede entrar el gregal en las próximas horas y esta señal se hará inequívoca si está acompañada por alguna nube que toma la forma de piedra de afilar. El gregal no es buen compañero de viaje.

    El Egeo no fue nunca un mar abstracto. Cuando los presocráticos lo navegaban, siempre veían su horizonte recordado por el perfil mineral de alguna isla. Esta experiencia del límite, los filósofos la incorporan primero a la inteligencia y luego a la sabiduría: construyeron los conceptos siempre sobre cosas concretas, supieron que los placeres alcanzan su máxima intensidad en ese punto en que está a punto de perderse de vista la costa, pero aún reconoces tu propio cuerpo como sujeto. En Denia lo más parecido al límite filosófico de los griegos es ese vástago del cabo de Sant Antoni, un acantilado con tonalidades de acero que cierra cualquier forma de pensamiento universal. La mente puesta a 90 grados, y este rumbo nos llevará a Ibiza después de diez horas de travesía. Pero Ibiza son todas las islas posibles. Nosotros navegaremos hasta un lugar donde no haya ningún ser con mochila y chancletas ni se vea a nadie que lleve riñonera y la visera de la gorra para atrás. Puede que la isla más cercana y exótica sea ese buque que ahora pasa por el horizonte. Imaginemos que viene de Tánger cargado de maderas de Guinea, lleno de perfumes y de ratas cosmopolitas.

   Con la mayor y la Génova izadas se ha creado una sombra color azafrán en la cubierta, y con el sonido del agua en las amuras y el látigo del viento en el trapo de pronto, llega un olor a subasta de pescado fresco en medio del mar: un banco de sardinas o de caballa huye de la cacería de los atunes, pero en el aire está el bando de gaviotas esperando a que los fugitivos se acerque a la superficie para caer sobre ellos en picado. Con el perfil del castillo de Denia a popa y el pedernal del Montgó envuelto en bruma se produce un reparto de este botín: a flor de agua emerge el torso de un atún que parte en dos con una dentellada el cuerpo de una caballa en el mismo instante en el que un cormorán le disputa la otra mitad y se la lleva hacia las alturas del acantilado.

   Cuando el cabo de Sant Martí y las primeras breñas marinas de la Nao se levantan a estribor, es el momento de abrir el saco de las viandas. Si en el mar se desarrolla una perenne guerra mundial, sobre esta lucha cruel y expedita uno puede convertir en un acto de delicada cultura el hecho de morder una vara de pulpo seco cuyo sabor debe ser acompañado con la humedad del ron mientras se gobierna la caña del barco Capitá H. Humbert y la costa se va perdiendo en la memoria. Los salazones van unidos profundamente a Tales de Mileto, a Protágoras, a Parménides, a todos los navegantes del pensamiento clásico que ha hecho del alma humana una geometría.

   Pensar el barco mientras se navega, pensar el viento y sus veleidades, el mar y todas sus adversidades posibles, así se estructura el cerebro. Existen dos salidas para la mente. Algún tripulante poeta imaginará durante la travesía los perfiles de la costa, los valles de Gallinera y de Laguard de la Marina Alta que se sustenta en el humo de los montes de Segaria. Podrá superponer a ellos las veladuras azules de la sierra de Aitana y de Mariola donde fue tan feliz, y puede que crea que ese paisaje contiene toda la dicha preternatural, pero a este poeta se le permite que sueñe a bordo porque alguien lleva el timón y ha advertido que la bandera rota de un palangre se inclina demasiado y quizá indica una corriente contraria, de la que habrá que salir corrigiendo levemente el rumbo. Así se ha hecho lo fundamental de tres mil años de historia greco-latina: con este pragmatismo y a la velocidad que marcan estas velas. Sólo después de poner a salvo el positivismo se le permitió a Píndaro tocar la lira.


   Bajo la vertical del mediodía en alta mar, esta latitud entre Denia y el cabo de Sant Antoni son todos los mares, todos los puertos en los que uno sueña con atracar. Ulises anduvo 10 años desaparecido y se cree que se perdió en la oscura región de Hades. No es necesario ir tan lejos para realizar el mito. Cualquier náufrago puede estar una década vendiendo calamares en un chiringuito de la playa de al lado y volver cuando lo estime preciso a los brazos de la amada. Toda navegación es un viaje de crecimiento interior. 

   Las velas Mayor y Génova

 A cuatro millas de la costa, después de tres horas de travesía, la tripulación ha decidido bañarse, y para eso hay que realizar un cuartel con las velas mayor y génova. Lo establecido es que los grandes marineros, los navegantes de Melville o de Stevenson o cualquier aventurero que intente llegar hasta Borneo, no sepan nadar. En este caso hay que olvidarse de las reglas. Calcula el patrón que debe haber 70 brazas de agua absolutamente azul bajo nuestra desnuda rabadilla y tal vez algunos monstruos marinos no muy distintos de los que uno lleva en el subconsciente. Arriba hay un sol de harina que sólo llega a iluminar la mitad del abismo. La parte iluminada coincide con la memoria. El resto es el oscuro deseo. 

   Después del baño habría que reclamar una cerveza muy fría para poderla derramar a medias entre la garganta y el abrasado esternón, pero en el barco Capitá H. Humbert solo se bebe duro. Al inmisericorde calor se añade el hierro candente del ron sólo atemperado por algunas aceitunas amargas, por la mojama y por la brisa que se ha reiniciado cuando las velas se han puesto a trabajar de nuevo. 

   A babor, la isla de Borneo; a estribor la cala Sardinera; a proa sólo la mente. Se trata de una singladura por los mares de Denia, una jornada de ejercicios espirituales siguiendo la trayectoria del sol sobre nuestro cráneo. Desde las once de la mañana hasta las siete de la tarde, desde alta mar uno ha visto todas las costas, todas las luces, y con el crepúsculo ya instalado sobre el castillo el barco ha regresado a puerto. Después de atracar es el momento exacto de ir al bar la Senieta a tomar unas cervezas bajo el cañizo del patio de atrás, junto a las buganvillas y el limonero, y mientras uno bebe y pica en la ensalada de tomate guarda silencio porque no recuerda nada. Sólo que el timón estaba gobernado por Tono, las velas las administraba J.M. Cervino y el poeta miraba.


https://es.wikipedia.org/wiki/Manuel_Vicent

domingo, 5 de julio de 2015

SIRACUSA

  
   A través del ciberespacio, se generan hace ya décadas flujos de información de todo tipo, ciencias, humanidades, artes plásticas y de otros géneros, y no digamos actualmente ensayos sobre política y economía de todo tipo de pelaje, algunos avalados por la razón lógica y otros por su tendente deriva a determinadas ideologías.

   En literatura podemos encontrar pequeñas joyas como este relato que firma Chimista (1), seudónimo tras el que se oculta claramente un buen escritor.

Si os gusta leer y amáis el mar y los barcos, sólo os harán falta unos minutos para hacer un viaje a través de los sentimientos humanos navegando por nuestro mar Mediteráneo.

Gracias por compartir tu escritura, amigo Chimista.


(1)Nota.  Chimista, que exisitió en la realidad según cuentan, es un personaje que aparece en algunas obras de Baroja, pero esta es otra historia…






                                   Siracusa







I



   En el verano del año 1954 a bordo del “Alsace” zarparon desde el
puerto de Marsella con destino a Atenas el señor Paltof, su mujer
Denis -de soltera Denis Plantan-, y la hija de ambos Virginia, con
intención de pasar unas vacaciones y de paso, establecer contacto
con un importante cliente de aquella ciudad, con quien se presentaba la oportunidad de aumentar aún más, su ya considerable fortuna y ampliar así su red comercial en aquel país.


   En la travesía, y a raíz de una cena a la que acudió el capitán del
barco Mr. Bertel, natural de Brest, conocieron a Jean Bert, oficial
segundo presentado por el capitán. Las elegantes formas de sus
gestos y su tez, despertaron la atención de Virginia, cuando,
solicitando permiso para compartir la mesa a las damas y a su
capitán, se sentó Jean al lado de éste.


   La conversación, aun siendo trivial, no impidió que en aquella cena,  sentados uno frente al otro, Silvia y Jean, intercambiaran continuas miradas que acabaron por despertar en ambos, lo que en pocas horas terminaría en atracción. Atracción constante durante la cena y que se acentuó al final, en el momento en que Jean dejó la mesa saludando con corrección militar, y hasta la siguiente oportunidad que aprovechó para invitar a Virginia dos noches después, para acudir a cubierta, y desde allí poder admirar la lluvia de estrellas que durante la noche, se debería producir, para asombro y entretenimiento de los pasajeros.


   Una vez en la segunda cubierta de babor, y cuando los padres de
Virginia se retiraron a su camarote, debido en parte al frío y por otra, a la infructuosa búsqueda estelar prometida, Jean y Virginia
permanecieron juntos unos minutos más, después de la licencia
obtenida de sus padres. Minutos que si bien, a Madame Denis Paltof le parecieron largos, a Jean y a Virginia fueron sin lugar a duda, la más pequeña representación que el concepto abstracto que
entendemos por tiempo, pudiera ocupar en sus vidas.

   El oportuno vuelo de una estrella que para ambos, no fue del todo
fugaz, y la necesaria obligación a requerimiento de Jean para que
Virginia cerrara los ojos y formulara un deseo, fue el adecuado
motivo para aquel beso. Beso que Virginia jamás olvidaría en su vida y que provocó además del suave latigazo que recorrió su espalda, una aceleración en su ritmo cardíaco y el desfallecimiento casi total de sus piernas, con el consiguiente abandono de todo su cuerpo en los brazos de Jean.

   A aquella estrella, la siguieron paseándose caprichosas unas y
burlonas otras, iluminando el acogedor y discreto hueco ocupado por ellos, junto a unos de los botes salvavidas. La bóveda celeste, como una campana pletórica de luces irreales, dejaba retazos chispeantes de luces coralinas sobre el surco que dejaba el barco, rumbo a Siracusa.


   Jean y Virginia no volvieron a coincidir más. Al día siguiente, los
padres de Virginia estimaron conveniente no admitir en su compañía a aquel joven y elegante oficial, por el simple motivo de no considerarlo adecuado al rango social que ellos ocupaban.

Al término del viaje, Jean permaneció tan atento a las instrucciones
de su capitán como con la escalerilla de embarque, por donde
abandonaban el barco todos los viajeros, armados de sombrillas,
bolsas, sombreros y donde los trajes y vestidos de colores claros y
limpios, contrastaban con la indumentaria de los cocheros y mozos de equipaje, que les esperaban en el muelle.

Cuando sus miradas coincidieron, Virginia mantuvo la suya unos
instantes desde el muelle hacia la cubierta de estribor, hacia donde él estaba, despidiendo junto al capitán a los últimos pasajeros que
quedaban por dejar el barco y cuando se percató Jean, se descubrió y llevó su mano derecha a su pecho, en ademán de despedida.



y II


   Al atardecer de un día a finales del verano del año 1984 y a la altura de Siracusa, navegaba el barco Sirocco realizando una travesía de Niza a Venecia.

   Un camarote especial, con sala, lo ocupaban el señor y la señora Lutin -de soltera Virginia Paltof-, en un viaje en
aquella ocasión de placer, debido a la insistencia por parte de
Virginia. El señor Lutin, propietario de varias empresas en Francia, dedicadas a la fabricación de maquinaria agrícola, padecía -decían las malas lenguas, desde siempre-, varias si no del todo dolencias, sí unas confesadas indisposiciones que además de desagradables, poco favorecían su precaria y lastimosa imagen, con una obesidad considerable, una carencia total de cabello, reumático y siempre pendiente de los muchos y variados medicamentos que le tenía que suministrar su adorable esposa.
   Medicamentos que ella siempre disponía puntualmente poniéndolos en fila y en orden regular sobre el mantel, con dedicación exquisita, a cualquier hora del día, obteniendo como respuesta aquella gruesa sonrisa, carente de atractivo alguno.


   Aquella noche, después de la cena en el camarote y después de
ayudar a su marido a acostarse en la muy estrecha cama, de las dos
que les correspondía, le apeteció a Virginia debido al calor y así se lo dijo a su marido, que salir a respirar un poco de aire fresco a
cubierta, antes de acostarse.

   La noche era suave, y un cielo cubierto de pequeñas nubes, dejaban ver de vez en cuando una luna a medio abrir, con una intensidad tal, que las sombras que se formaban en cubierta, parecían tomar formas fantasmales.

   A cierta distancia y desde aquella banda, Virginia se percató que en dirección contraria y a unas dos millas, se deslizaba un barco que presentaba toda la iluminación de las cubiertas. 

   Tuvo un recuerdo rápido y por un momento acudieron a su mente, la noche de veinte años atrás con sus estrellas fugaces y se preguntó, qué sería de aquel elegante oficial a quien no pudo olvidar jamás; ni a él, ni a aquel beso, que como recuerdo imborrable de la más deliciosa sensación de placer, acompañó sus sueños durante todos aquellos años que le precedieron.


   El barco, cuyo destino era el puerto de Civitavecchia, lo ocupaban alegres y despreocupados turistas japoneses y norteamericanos. Su capitán, Jean Bert desde la cabina oscura, celebraba con sus oficiales su despedida de la naviera y brindaban, por lo que se suponía iba a ser un placentero retiro en la campiña Toscana, junto a su mujer Adelaida. Una mujer que le había acompañado sin pena ni gloria durante todos aquellos años, sin llorar y sin reír, sin amar y sin odiar.


   Cuando Jean, avistó aquel barco a unas dos millas del suyo, y que ya comenzaba a acercarse, recordó de forma súbita aquella noche de estrellas fugaces y pensó, no sin extrañarse, que desde entonces, ya hace veinte años, no había vuelto a ver una noche tan plagada de
estrellas como aquella, ni una mujer a quien hubiera besado como lo hizo a aquella, a quien nunca había olvidado.


   Tomó la copa que aún tenía en su mano izquierda y alzándola, brindó  por el recuerdo de aquella mujer, poniendo al mismo tiempo su mano derecha, encima del lugar donde él suponía latía su corazón.


   Los dos barcos se cruzaron, dejando cada uno su estela que poco a poco se extinguió como símbolo del tiempo, como acaba el día y
como termina la vida.




Epílogo:


   Los barcos en la mar, tejen en sus derrotas unos delgados hilos que son el destino de quienes navegan en ellos, el azar. Nosotros no los vemos, pero existen. Únicamente los pueden ver, los espíritus que navegan por encima de los barcos.

  Entre éstos, unos son serios y otros, algo estrafalarios; unos chistosos, otros alegres, unos desenfadados, otros tristes y otros despistados que cuando deben poner orden y concierto o cuando mejor deben actuar, se han olvidado de aquello que es lo más importante, acertar.


   Los barcos en la mar, son a veces como las casonas abandonadas en el campo; tienen corredores, pasillos y miradores largos, muy largos, y algunos no están cerrados. En las noches de tormenta o de viento desenfrenado, se abren puertas o ventanas que golpean y la luna caprichosa, se mete dentro y se forman figuras extrañas, rumores, siseos y quebrantos, que a veces a nosotros -marineros viejos y temerosos-, nos llegan a producir espanto.



Chimista

Marzo 2006